Original
Ciberviolencia en parejas adolescentes y jóvenes: Relación con la dependencia emocional y la autoestima
Verónica de los Reyes Mera; Joana Jaureguizar Alboniga-Mayor
Facultad de Educación de Bilbao, Universidad del País Vasco (EHU)
Ansiedad y Estrés, (2025), 31(3), 111-121
https://doi.org/10.5093/anyes2025a15
https://www.ansiedadyestres.es
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INFORMACIÓN DEL ARTÍCULO
Recibido el 26 de Febrero 2025
Aceptado el 22 de Julio 2025
RESUMEN
El objetivo de esta investigación fue analizar las relaciones entre la ciberviolencia ejercida en el seno de la pareja, la cibervictimización, la dependencia emocional y la autoestima en una muestra de 985 estudiantes adolescentes y jóvenes. Las personas participantes completaron la “Escala de violencia de pareja en las redes sociales en adolescentes”, el cuestionario de “Dependencia Emocional en el Noviazgo de Jóvenes y Adolescentes” y la “Escala de Autoestima de Rosenberg”. Se hallaron diferencias entre las personas víctimas de ciberviolencia y las que no lo habían sido en todas las dimensiones de dependencia emocional, con valores superiores de dependencia en las víctimas y lo mismo ocurrió en el caso de las personas agresoras. En relación a la autoestima, tanto las víctimas de ciberviolencia como las personas agresoras puntuaron más bajo en autoestima. Estos resultados indican que la dependencia emocional y la baja autoestima pueden ser factores relevantes a la hora de entender la ciberviolencia ejercida y sufrida, por lo que deberían ser tenidos en cuenta en la prevención e intervención.
PALABRAS CLAVE
Ciberviolencia
Parejas
Jóvenes
Dependencia
Autoestima
CYBER dating violence: Relationship with emotional dependence and Self-Esteem
Ansiedad y Estrés, (2025), 31(3), 111-121
https://doi.org/10.5093/anyes2025a15
https://www.ansiedadyestres.es
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ABSTRACT
The aim of this research was to analyse the relationships between cyber-violence, cyber-victimisation and the two variables under study: emotional dependence and self-esteem. For this purpose, a convenience sample of 985 students was selected. The participants completed the “Partner Violence in Social Networks in Adolescents Scale”, the “Emotional Dependence in Youth and Adolescent Dating” questionnaire and the “Rosenberg Self-Esteem Scale”. Differences were found between victims of cyber-violence and those who had not been victims in all dimensions of emotional dependence, with higher values of dependence in victims and the same occurred in the case of aggressors. In relation to self-esteem, both victims of cyber-violence and perpetrators scored lower on self-esteem. These results indicate that emotional dependence and low self-esteem may be relevant factors in understanding the perpetrated and suffered cyber-violence, and should be taken into account for prevention and intervention.
KEYWORDS
Cyber-violence
Couples
Young people
Dependency
Self-esteem
INTRODUCCIÓN
La ciberviolencia en la pareja ha sido definida como un conjunto de comportamientos abusivos que se realizan a través de los medios tecnológicos con el fin de intimidar, dañar y controlar al otro miembro de la pareja (Cala y Martínez, 2022). Este tipo de abuso se da cada vez con más frecuencia en parejas adolescentes y jóvenes (Caridade et al., 2019). La ciberviolencia se puede realizar en forma de ciberagresión -mediante agresiones directas en forma de amenazas o insultos a través de Internet y las redes sociales-, o en forma de cibercontrol –a través del control de los contactos de las redes sociales o la supervisión continua- (Branson y March, 2021). Los estudios indican tasas de ciberviolencia en parejas adolescentes realmente altas, como las investigaciones de Brown y Hegarty (2018) o Caridade et al. (2019), que hallan tasas de perpetración de la ciberviolencia en parejas jóvenes en torno al 90%. Teniendo en cuenta las altas prevalencias de la ciberviolencia, la comunidad científica ha mostrado gran interés en estudiar su relación con algunas variables emocionales como pueden ser la dependencia emocional (Moral y Prieto, 2021; Villora et al., 2019) y la autoestima (Brewer y Kerslake, 2015; Hancock et al., 2017).
Ciberviolencia y dependencia emocional
La dependencia emocional es la necesidad extrema de afecto que una persona siente hacia su pareja y que intenta cubrir de manera desadaptativa. Esta se manifiesta través de pensamientos obsesivos, sentimientos intensos, miedo al abandono, necesidad extrema de afecto, necesidad de aprobación, subordinación y deseo de exclusividad, entre otros (Castelló, 2019; De la Villa et al., 2017; Kemer et al., 2016; Martín y Moral, 2019; Petruccelli et al., 2014; Sirvent y Moral, 2018).
En la dependencia emocional están implicados diversos aspectos emocionales, cognitivos, motivacionales y comportamentales que se complementan con algunas ideas y creencias erróneas sobre el concepto del amor y de la interdependencia, y que pueden llevar a los miembros de la pareja a demandar afecto de manera excesiva y a sentir una gran insatisfacción al ver que sus demandas afectivas son frustradas (Barrón et al., 2017; Castelló, 2019; Henning y Connor, 2011; Moral et al., 2016; Urbiola et al., 2019).
En lo que respecta al género, algunas investigaciones encontraron que las mujeres puntuaban más alto en dependencia emocional frente a los hombres (Alonso-Arbiol et al., 2002; Bornstein et al., 1993). En cambio, otros trabajos como el realizado por Grada-Cabal y Moral-Jiménez (2022), indican que son los chicos los que obtienen puntuaciones más altas en dependencia emocional. Sin embargo, en estudios como el de Urbiola et al. (2017) no se hallaron diferencias significativas entre ambos géneros. Tal y como explican las autoras, la falta de diferencias en los resultados puede ser consecuencia de diferentes aspectos evolutivos, debido a que el proceso evolutivo no es igual en chicos y en chicas, en lo que respecta a adquisición de independencia, autonomía o a la toma de decisiones (Delval, 2008; Urbiola et al., 2017).
En lo relativo a la edad, investigaciones como la realizada por Grada-Cabal y Moral-Jiménez (2022), indican que las personas de entre 25 y 30 años son las que obtienen puntuaciones más altas en dependencia emocional. Sin embargo, otros autores como Momeñe et al. (2021), encontraron que la edad donde se da una mayor dependencia emocional es a los 16 años, disminuyendo después. Estos datos, se contraponen a los hallados por Moreno et al. (2014), quienes confirmaron que la dependencia emocional aumenta con la edad.
Algunos estudios han relacionado la dependencia emocional con la ciberviolencia (Granda y Moral, 2022; Moral y Prieto, 2021; Villora et al., 2019). Así, Moral y Prieto (2021), hallaron relaciones positivas y significativas entre la dependencia emocional y el cibercontrol perpetrado, el cibercontrol sufrido, y las ciberagresiones sufridas en su muestra de alumnado universitario. Por su parte, aunque en el estudio de Villora et al. (2019) se halló una relación entre la dependencia emocional y el cibercontrol sufrido, la asociación entre dependencia emocional y ciberagresiones directas resultó baja. Los autores explicaron estos resultados señalando que la percepción de confianza exclusiva que se crea en las parejas dependientes, en las que apenas se tiene otro tipo de relaciones interpersonales, es un factor que puede disminuir las agresiones a través de los medios tecnológicos, si bien desplieguen tácticas de control y supervisión que coartan la libertad y la independencia de los miembros de la pareja.
Algunos autores han tratado de analizar el papel diferencial que juega la dependencia emocional tanto en víctimas como en personas agresoras (Martín y Moral, 2019). En relación a las víctimas, son descritas como personas emocionalmente vulnerables que, ante la idea de ser abandonadas, son capaces de soportar la violencia ejercida por sus parejas, ya sea en forma de agresiones físicas, o psicológicas a través del control (Martín y Moral, 2019; Oropeza, 2011). Las víctimas, tienden a justificar las conductas violentas de sus parejas aludiendo a que son un acto de amor, sintiéndose incapaces de acabar con la relación y aterradas ante la posibilidad de sentirse solas (Urbiola et al, 2019; Yubero et al., 2016). Además de esto, la necesidad de perdonar continuamente que sienten las personas dependientes, las sitúa en una posición inferior dentro de la pareja (Martín y Moral, 2019) y dificulta romper con la relación.
Por su parte, las personas agresoras emocionalmente dependientes también sienten un profundo miedo a ser abandonadas (Arias, 2018; Henning y Connor, 2011). Este miedo les hace tener un mayor contacto e intimidad, manifestando conductas controladoras, posesivas y restrictivas hacia sus parejas, con intención de limitar su autonomía (Petruccelli, 2014). Del mismo modo, las personas dependientes, crean un apego patológico y un patrón crónico de necesidades frustradas que lleva a los agresores a proyectar las propias carencias afectivas sobre la pareja (López y Moral, 2020; Markez, 2015; Petruccelli et al., 2014; Urbiola et al., 2017, 2019). Además, debido a las distorsiones cognitivas que sufren, restan importancia a esta problemática, llegando incluso a negar las conductas violentas y la existencia de la violencia dentro de la pareja y, en el caso de admitirla, se defenderán culpabilizando a la víctima (Jiménez et al., 2015; Loinaz, 2014; Martín y Moral, 2019; Moral et al., 2016).
Asimismo, los medios tecnológicos ofrecen la posibilidad de estar en contacto continuo (Marshall et al., 2013). Por ello, los y las jóvenes y adolescentes, pueden verse obligados a estar continuamente conectados con sus parejas, lo que hace difícil mantener los límites y la independencia (Durán et al., 2011; Fox et al, 2014). Por consiguiente, se puede afirmar que las redes sociales y el móvil no sólo perpetúan la dependencia emocional, sino que la aumentan, y, además, favorecen la ciberviolencia dentro de la pareja, ya que facilitan el contacto y la inmediatez de la comunicación entre las personas (Melander, 2010). Al hilo de esto, Espinar et al. (2015) hallaron en su estudio una relación entre la dependencia emocional y el abuso de Internet y el móvil, donde a medida que aumentaba el uso de los medios tecnológicos, aumentaba también la dependencia emocional y a la inversa.
Ciberviolencia y autoestima
Por lo general, las personas dependientes emocionales suelen manifestar, también, una baja autoestima. La autoestima es entendida como la valoración que las personas hacen de sí mismas. Esta valoración se forma a lo largo de la vida a través de pensamientos, experiencias, emociones y actitudes (Mejía et al., 2011). Durante muchos años, algunos autores han tratado de definirla, como Rosenberg (1965), quien la definió como la actitud favorable o desfavorable hacia uno mismo. Por su parte, Kernis (2003) considera que una autoestima adecuada implica conocer las posibilidades y las limitaciones personales. De forma general, la autoestima puede definirse como un conjunto multidimensional (Sandstrom y Jordan, 2008; Walker y Bright, 2009), compuesto por percepciones, sentimientos y tendencias de comportamiento que tiene el sujeto sobre sí mismo (Nava et al., 2017).
La autoestima comienza a desarrollarse durante los primeros años de vida a través de las relaciones de apego y el reconocimiento de los padres y madres ante los logros de los hijos e hijas (Rice y Vestal, 2001). Por ello, la educación familiar y el trato de las personas cuidadoras hacia los niños y niñas, será algo crucial para el correcto desarrollo de la autoestima. Más concretamente, el afecto y la comunicación, son dos de los factores más relacionados con la autoestima (Coopersmith, 1967). Más tarde, en la etapa escolar, la autoestima se relaciona con los logros académicos y con la valoración de los y las compañeros y compañeras del colegio (Arshat, 2010; Coopersmith, 1967; Erturgut y Erturgut, 2010). En la adolescencia, en cambio, la apariencia física será uno de los factores que adquiera mayor relevancia (Molina y Raimundi, 2011; Simkin et al., 2014). Es en esta etapa donde la autoestima parece sufrir una disminución como consecuencia de los cambios psicológicos, biológicos y de identidad personal y social (Robins, et al., 2002; Wigfield et al.,1991).
Algunos autores consideran que la autoestima se puede medir como alta o baja, dependiendo de las características personales, de la forma de interactuar socialmente y de la capacidad de respuesta ante situaciones en la vida. De esta manera, la alta autoestima implicaría sentimientos positivos hacia uno mismo y mayor compromiso y responsabilidad ante la vida, aspectos esenciales en el desarrollo de la identidad durante la adolescencia y la juventud. Las personas con una alta autoestima se caracterizan por ser autónomas, seguras y tener una mayor tolerancia ante la frustración (Martínez, 2010; Panesso y Arango, 2017).
Por el contrario, las personas con una autoestima baja tienen poca confianza en sí mismas y sentimientos negativos hacia ellas, lo que hace que necesiten una continua aprobación y protección de los demás. Asimismo, las personas con baja autoestima se caracterizan por mostrar una escasa capacidad a la hora de enfrentarse a los problemas, lo cual hace que su estado de ánimo se vea afectado ante las situaciones complicadas, mostrándose a menudo, tristes, inseguras y preocupadas (Martínez, 2010; Panesso y Arango, 2017).
En lo que respecta al género y a la edad, algunos estudios indican que los chicos muestran una mayor autoestima que las mujeres y que esta aumenta con la edad, en ambos sexos (Bleidorn et al., 2016; Peris et al., 2016).
Hoy en día, el auge de las redes sociales e Internet tiene su impacto sobre el tipo de relaciones que se establecen y también sobre los niveles de autoestima. Como es sabido, el mundo virtual permite crear una imagen sobre nosotros mismos y controlar la que proyectamos ante los demás, a pesar de que esta pueda no ser real (Gonzales y Hancock, 2011), por lo que las personas con baja autoestima utilizan las redes sociales frecuentemente para establecer y mantener relaciones sociales y de pareja, camuflando así sus inseguridades. En esta línea, cabe destacar que algunos estudios han encontrado relación entre la baja autoestima y el tiempo invertido en las redes sociales (Mehdizadeh, 2010; Moral y Prieto, 2021).
La autoestima se ha estudiado en relación a la ciberviolencia en la pareja y algunos estudios señalan que tanto las víctimas como los agresores de ciberviolencia muestran una baja autoestima (Brewer y Kerslake, 2015; Hancock et al., 2017). Respecto a las víctimas de ciberviolencia, algunos estudios sugieren que la baja autoestima aumenta la probabilidad de sufrir este tipo de violencia (Hancock et al., 2017; Smith et al., 2018). Además, sufrir agresiones disminuye aún más sus sentimientos de valía personal y aumentan los sentimientos de miedo y angustia, lo que conduce a una mayor disminución de la autoestima (Hancock et al., 2017; Hellevic, 2019; Liu et al., 2014; Smith et al., 2018). Sin embargo, en el caso de las personas agresoras los datos no son concluyentes (Seals y Young, 2003). Algunos autores afirman que al igual que ocurre con la violencia offline, los rasgos narcisistas y los sentimientos de superioridad pueden influir a la hora de ejercer ciberviolencia (Thomaes y Bushman, 2011). Por el contrario, otros estudios concluyen que las personas que agreden a sus parejas tienen la autoestima baja y que es la falta de confianza en sí mismos lo que les hace controlar y dominar a sus parejas (Kowalski y Limber, 2013; Smith et al., 2018). Por último, algunos autores como Seals y Young (2003), consideran que los datos no son concluyentes y que no pueden darse por válidas ninguna de las dos opciones planteadas respecto a la autoestima y la ciberviolencia, ya que los estudios que relacionan ambas variables son aún escasos.
En conclusión, tanto la dependencia emocional como la autoestima son dos variables de gran relevancia que pueden ayudar a entender mejor la ciberviolencia (perpetrada y sufrida) en el seno de las parejas jóvenes y adolescentes. Por un lado, la dependencia emocional puede favorecer la ciberviolencia tanto en víctimas como en personas agresoras. Por otro lado, la autoestima alta puede considerarse un factor protector frente a sufrir violencia en el noviazgo (Lewis y Fremouw, 2001). Además de esto, aunque el papel de la autoestima parece estar claro en las víctimas de violencia online y offline, los datos que relacionan la autoestima con las personas agresoras no son concluyentes. Por lo tanto, la inconsistencia de los resultados obtenidos en relación a las personas agresoras, muestra la necesidad de realizar un estudio más profundo al respecto.
Teniendo todo lo anterior en cuenta, este estudio tuvo como objetivo analizar la prevalecía y las relaciones entre la ciberviolencia ejercida, la cibervictimización en función al sexo, la edad, la dependencia emocional y la autoestima. En cuanto a la prevalencia, se esperaba encontrar una prevalencia en torno al 50% en ciberviolencia perpetrada y sufrida. En lo que respecta al sexo y la edad, no se esperaba encontrar diferencias. En el caso de la dependencia emocional, se esperaba que aquellos que habían ejercido o sufrido ciberviolencia en la pareja mostraran mayores niveles de dependencia emocional en comparación a los que no la habían ejercido o sufrido. En lo que respecta a la autoestima, se esperaba que quienes habían ejercido o sufrido ciberviolencia en la pareja obtuvieran menores niveles de autoestima que quienes no la habían ejercido o sufrido. Por último, se realizó un modelo de regresión.
MÉTODO
Participantes
Para realizar esta investigación se implementó un muestreo no probabilístico por conveniencia. En un primer momento, en este estudio participaron 1260 personas, de las cuales el 21.8% (n = 275) fueron excluidas de los análisis tras indicar que no habían tenido nunca pareja. Por lo tanto, finalmente, la muestra estuvo compuesta por 985 personas de las cuales el 10.5% (n = 132) afirmó haber tenido pareja en el pasado y el 67.7% (n = 853) tenerla en la actualidad. Del total de la muestra, el 29.6% (n = 292) eran chicos, el 69.8% (n = 688) eran chicas, 0.4% (n = 4) se identificaron como “otros” y una persona no respondió a esta cuestión. Estas últimas personas no fueron incluidas en el estudio a la hora de analizar el género. La edad media de los participantes fue de 20.61 años (DT= 4.20). En lo que respecta al nivel de estudios, el 73.9% de los participantes (n = 728) eran estudiantes universitarios, y el 26.1% (n = 257) eran estudiantes no universitarios (estudiantes de bachillerato, y ciclos formativos).
Instrumentos
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Escala de violencia de pareja en las redes sociales en adolescentes, E-VPA (Cava y Buelga, 2018). Esta escala se emplea para medir la violencia sufrida y perpetrada dentro de la pareja a través de las redes sociales y el móvil. Está compuesta por 20 ítems de los cuales 10 miden las experiencias de victimización y, el resto, los comportamientos violentos ejercidos contra la pareja. Es decir, se utilizan dos subescalas de 10 ítems cada una: ciberacoso y ciberviolencia y estas dos subescalas miden a su vez el cibercontrol y las ciberagresiones por separado. La primera subescala denominada Ciberacoso Perpetrado evalúa las conductas agresivas y de control que se llevan a cabo a través de las redes sociales en contra de la pareja y está compuesta por ítems como “He insultado o amenazado por privado a mi chico/a”. La segunda subescala denominada Cibervictimización evalúa conductas de agresión y control sufridas dentro de la pareja a través de las redes sociales y está compuesta por ítems como “Me ha insultado o amenazado por privado”. Para responder a estos ítems se utiliza una escala Likert donde 1 es nunca, 2 es algunas veces, 3 es bastantes veces y 4 es siempre. Es importante destacar que para realizar el test es obligatorio haber tenido alguna relación sentimental significativa previa. Para su corrección se emplean las puntuaciones directas. Esta escala muestra una adecuada consistencia interna obteniendo un Alpha de Cronbach de .91 para la subescala de Cibercontrol Perpetrado y .97 en la subescala Ciberagresión Perpetrada. Por otro lado, en la subescala de Cibervictimización, el factor Cibercontrol Recibido mostró una fiabilidad de .93 y el de Ciberagresión Recibida de .97.
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Dependencia Emocional en el Noviazgo de Jóvenes y Adolescentes, DEN (Urbiola et al., 2014). Este cuestionario permite medir la dependencia emocional en las relaciones de noviazgo en jóvenes y adolescentes y está compuesto por 12 ítems que se dividen en cuatro dimensiones: Evitar estar solo/a: define las acciones que las personas llevan a cabo para evitar estar solos/as, con ítems de tipo “No tener novio /a, me hace sentir a disgusto, porque no me gusta estar solo”. Necesidad de exclusividad: evalúa la necesidad de sentir que se es el centro de la vida de sus parejas, con ítems del tipo “Me enfado con mi novio/a cuando no soy el centro de su vida”. Necesidad de agradar: tiene que ver con la continua necesidad de complacer a su pareja, buscando siempre la aceptación de esta, con ítems del tipo “Hago cualquier cosa por agradar a mi novio/a”. Relación asimétrica: la tendencia a mantener relaciones subordinadas y asimétricas, con ítems del tipo “Siento que mis relaciones no son todo lo buenas que querría, pero no las acabo”. Los ítems se responden mediante una escala Likert de 6 puntos, donde 0 es nunca y 5 siempre. En lo que respecta a la corrección se emplean las puntuaciones directas. El DEN muestra una buena consistencia interna. Así, en el estudio actual, los índices de fiabilidad fueron adecuados obteniendo una puntuación total de .82. Respecto a las subescalas, se obtuvieron los siguientes resultados: evitar estar solo .96, necesidad de exclusividad .95, necesidad de agradar .93 y relación asimétrica .87.
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Escala de Autoestima Rosenberg (EAR, Rosenberg, 1965, adaptación española de Atienza et al., 2000). Mediante esta escala se miden los sentimientos, la imagen y el respeto que se tiene de uno mismo, mediante 10 ítems del tipo “Me siento una persona tan valiosa como las otras” o “Creo que tengo algunas cualidades buenas”. De estos 10 ítems, 5 están redactados en negativo y el resto en positivo. Estos serán respondidos a través de una escala Likert de 1 a 4, donde 1 significa “No es verdad” y 4 “Completamente cierto”. Para su corrección, es necesario tener en cuenta la puntuación máxima sumando todos los ítems. Esta escala consta de una adecuada consistencia interna con un alfa de Cronbach, en el estudio actual, de .87.
Procedimiento
Para realizar este estudio se contactó con centros de diferentes niveles educativos, es decir, institutos, centros de formación profesional y universidad. Tras este primer contacto, se realizó una reunión con los responsables de dichos centros con el fin de explicar los objetivos y la metodología a seguir para este estudio. Una vez obtenido el visto bueno de los centros, se procedió a enviar toda la información necesaria para ser compartida con el alumnado participante y con las familias de estos en el caso de ser menores de edad. Además de esto, se enviaron los consentimientos informados para que fueran rellenados y firmados por el alumnado participante o por sus familias. Cabe destacar que para poder participar en esta investigación los padres y madres del alumnado menor de 16 años debían firmar el consentimiento informado. Por otro lado, en el caso de alumnado mayor de 16 años debían firmar ellos mismos el consentimiento informado.
Dependiendo de la disponibilidad de ordenadores en las aulas, los cuestionarios se cumplimentaron en papel o en versión digital a través de un cuestionario creado con Google Forms. Una vez en el aula, se explicó al alumnado los objetivos de la investigación y el tratamiento de los datos. Además de esto, se informó que la participación era voluntaria y anónima. El presente estudio fue aprobado por el Comité de Ética para las Investigaciones relacionadas con Seres Humanos (CEISH) el órgano colegiado que evalúa y hace el seguimiento de los proyectos de investigación científica y que implican intervenciones con seres humanos y /o utilización de datos de carácter confidencial.
Análisis de datos
Para el análisis de los resultados de esta investigación, se empleó el paquete estadístico SPSS v26. En primer lugar, se eliminaron de la base de datos todos los participantes que no habían tenido pareja. A continuación, se procedió a obtener el alfa de Cronbach de las pruebas empleadas para comprobar su consistencia interna. Para interpretar estos resultados, se han tenido en cuenta los criterios de interpretación de Kline (2000), donde a < 0.5 era inaceptable, 0.5 = a < 0.6 era pobre, 0.6 = a < 0.7 era aceptable, 0.7 = a < 0.9 era buena y a = 0.9 era excelente. Posteriormente, se comprobó la normalidad y la homocedasticidad de los datos para verificar si se podían utilizar pruebas paramétricas. De esta manera, se utilizó la prueba t de Student para comparar las medias en ciberviolencia (sufrida y ejercida) en función del sexo y la edad (categorizada en dos niveles: 15-18 años y mayores de 18 años), así como los niveles de dependencia emocional y autoestima, comparando las personas que habían sufrido y ejercido ciberviolencia y las que no. Por último, se realizaron análisis de regresión lineal para identificar factores predictores de la cibervictimización y ciberviolencia perpetrada, incluyendo como variables independientes el sexo, la edad, la dependencia emocional, la autoestima y la ciberviolencia (ejercida o sufrida, en cada caso).
RESULTADOS
Prevalencia de la cibervictimización y el ciberacoso perpetrado en función del sexo y la edad
En primer, lugar y en relación a los datos descriptivos sobre la prevalencia de la cibervictimización en la pareja, se halló que el 20.4% (n = 200) de la muestra estudiada había sufrido ciberagresiones en una o más ocasiones. Además, el 45.8% (n = 449) de las personas participantes afirmaron haber sido cibercontroladas con la misma frecuencia. Se hallaron diferencias estadísticamente significativas en los niveles de cibervictimización en función del sexo, siendo los chicos quienes mayores niveles de cibervictimización (M = 5.70, DT = 1.58) mostraron en comparación con las chicas (M = 5.35, DT = 1.07), [t (407.95) = -3.49, p <.001], así como mayores niveles de cibercontrol recibido (chicos M = 6.46, DT = 2.19; chicas M = 6.11, DT = 2.18), [t (974) = -2.29, p <.001]. No obstante, no se hallaron diferencias en cibervictmización [t (974) = -.51, p = .30] ni en cibercontrol recibido [t (974) = .26, p = .39] en función de la edad de las personas participantes.
En lo que respecta al ciberacoso perpetrado, el 11% (n = 108) de la muestra afirmó haber ciberagredido a su pareja en alguna ocasión y el 53.4% (n = 523) admitió haber cibercontrolado a su pareja en al menos una ocasión. Fueron los chicos los que mostraron mayores niveles de ciberviolencia perpetrada (M = 5.35, DT = 1.27) en comparación con las chicas (M = 5.11, DT = .49) [t (323.61) = -3.02, p = .001], si bien no se hallaron diferencias en cibercontrol perpetrado en función del sexo [t (972) = -1.10, p = .14]. Asimismo, tampoco se hallaron diferencias en ciberviolencia perpetrada [t (969) = -6.29, p = .26] ni en cibercontrol perpetrado [t (972) = .49, p = .31] en función de la edad del alumnado participantes.
Diferencias de medias de la dependencia emocional en relación a la cibervictimización y el ciberacoso perpetrado
En primer lugar, se analizó la relación entre la ciberviolencia y la dependencia emocional, comparando las medias en dependencia emocional de aquellas personas que reciben y ejercen ciberacoso y las que no (ver Tabla 1). Comenzando por la cibervictimización y en el caso de la ciberagresión recibida, se hallaron diferencias entre las personas víctimas y las que no lo habían sido en todas las dimensiones de dependencia emocional, con valores superiores de dependencia en las víctimas. Lo mismo ocurrió con el cibercontrol recibido, ya que aquellas personas que habían sido víctimas de cibercontrol por parte de sus parejas mostraban mayores niveles de dependencia emocional.
Tabla 1
Por otro lado, en relación al ciberacoso perpetrado, también se encontró una relación significativa entre las variables ciberagresión perpetrada y el cibercontrol perpetrado, y la dependencia emocional en todas sus escalas, puntuando los ciberacosadores más alto en dependencia emocional que los que no ciberacosaban, con tamaños del efecto medios (ver Tabla 2).
Tabla 2
A continuación, se analizó la posible relación entre la cibervictimización y la autoestima y se hallaron diferencias estadísticamente significativas en autoestima entre aquellas personas que en alguna ocasión habían sido víctimas de ciberacoso y las que no (ver tabla 3). Así, las personas que informaron haber sido víctimas de ciberacoso, obtuvieron puntuaciones más bajas en autoestima, frente a las que nunca lo habían sido. También se hallaron diferencias en autoestima entre las personas que informaron haber sufrido cibercontrol y las que no, obteniendo aquellas que habían sufrido cibercontrol menores puntuaciones en autoestima que las que no habían sido víctimas del cibercontrol, si bien el tamaño del efecto fue pequeño.
Tabla 3
En lo que respecta al ciberacoso perpetrado, se hallaron diferencias en autoestima entre las que perpetraron ciberacoso y las que no, y entre quienes habían ejercido cibercontrol y las que no (ver tabla 4). De esta manera, las personas que reportaron haber ejercido ciberagresión y cibercontrol hacia sus parejas obtuvieron puntuaciones más bajas en autoestima, frente a las que no.
Tabla 4
Modelo predictor de la cibervictimización y la ciberviolencia ejercida
La Tabla 5 muestra los resultados del análisis de regresión para la cibervictimización total (tanto agresión como control). Tal y como se puede observar, las variables predictoras fueron la ciberviolencia perpetrada y las subescalas “Evitar estar solo” y “Necesidad de exclusividad” de la dependencia emocional [F (8, 926) = 49.16, p <.001, R2 ajustado =.29].
Tabla 5
<>En lo que respecta al modelo de regresión de la ciberviolencia perpetrada (total, es decir, tanto ciber violencia como cibercontrol perpetrado), los resultados mostraron que fueron dos variables las predictoras: la cibervictimización y la subescala “Necesidad de exclusividad” de la dependencia emocional (ver Tabla 6) [F (8, 926) = 41.87, p <.001, R2 ajustado =.26].
Tabla 6
DISCUSIÓN
La ciberviolencia es una nueva forma de violencia sutil y difícil de detectar que se da en parejas cada vez más jóvenes y que tiene consecuencias muy graves en las personas que la sufren (Cava et al., 2022). Con la intención de conocer mejor cuáles son los factores emocionales que intervienen en este tipo de violencia, se planteó analizar la prevalencia de la ciberviolencia, además de la relación entre la ciberviolencia y las dos variables objeto de estudio que fueron el sexo, la edad, la dependencia emocional y la autoestima.
Los resultados obtenidos en el presente estudio permiten profundizar en la comprensión de la ciberviolencia en las relaciones afectivo-sexuales juveniles, específicamente en el contexto universitario. En primer lugar, se observa una alta prevalencia tanto de la cibervictimización (20.4 %) como del cibercontrol recibido (45.8 %), lo cual es consistente con estudios previos que advierten sobre la normalización de conductas violentas en el ámbito digital, especialmente aquellas vinculadas al control y la supervisión de la pareja (Borrajo et al., 2015; Gámez-Guadix et al., 2018). El hecho de que casi la mitad de la muestra haya reportado haber sido víctima de cibercontrol al menos una vez evidencia la extensión de este fenómeno y su inserción en las dinámicas relacionales como una forma sutil pero persistente de violencia.
Un hallazgo especialmente significativo es que los chicos reportan mayores niveles tanto de cibervictimización como de cibercontrol recibido en comparación con las chicas. Esta tendencia, que desafía la visión tradicional de la mujer como principal víctima de la violencia en pareja, ha sido reportada en otros estudios recientes que apuntan a una bidireccionalidad o simetría en ciertas formas de violencia digital entre jóvenes. Sin embargo, no debe interpretarse como una inversión de los roles tradicionales, sino más bien como una transformación de los patrones de relación, donde el uso de tecnologías digitales puede facilitar nuevas formas de victimización y control que afectan a ambos sexos (Lu et al., 2018; Martín-Criado et al., 2023).
En lo que respecta a la ciberviolencia ejercida, se observa que un 11 % del alumnado admitió haber ciberagredido a su pareja y un 53.4 % reconoció haber ejercido cibercontrol. Estas cifras confirman que el control digital es la forma más extendida de violencia ejercida en entornos virtuales, tal como han señalado estudios previos. La normalización del control como una expresión de interés o amor contribuye a su invisibilización y aceptación social, dificultando su identificación como una forma de abuso (Muñiz-Rivas et al., 2021; Rodríguez-Castro et al., 2023).
También se hallaron diferencias significativas en la ciberviolencia perpetrada en función del sexo, siendo los chicos quienes reportan mayores niveles que las chicas. Este resultado está en consonancia con investigaciones que asocian los patrones masculinos de socialización con una mayor expresión de comportamientos agresivos o coercitivos (Fernández-Fuertes et al., 2019). Sin embargo, es importante destacar que no se observaron diferencias en el cibercontrol ejercido en función del sexo, lo que podría indicar que este tipo de conducta se encuentra más igualada entre géneros, o que su percepción social como práctica “aceptable” o “romántica” puede minimizar la conciencia de su carácter violento, especialmente entre las mujeres (Carbonell et al., 2016).
Por otro lado, no se encontraron diferencias significativas en función de la edad, ni en los niveles de victimización ni en los de perpetración. Esto podría explicarse por la homogeneidad etaria de la muestra universitaria, pero también sugiere que la violencia digital en la pareja no depende necesariamente del grado de madurez, sino de factores relacionales y emocionales, como la dependencia afectiva o la baja alfabetización digital crítica (De la Villa Moral et al., 2020; Sánchez-Jiménez et al., 2020).
A continuación, analizando la cibervictimización, los resultados mostraron una relación con la dependencia emocional, en la línea de estudios previos (Massa et al., 2011; Urbiola et al., 2019; Yubero et al., 2016). Concretamente, se encontró que las personas que habían sido ciberagredidas y cibercontroladas mostraban niveles más altos de dependencia emocional. Es decir, se encontraron diferencias estadísticamente significativas en todas las subescalas de la dependencia emocional. De esta manera, las personas que había sufrido ciberviolencia, tanto en forma de agresión directa como de control, puntuaron más alto en las subescalas evitar estar solo, necesidad de exclusividad, necesidad de agradar y relación asimétrica.
Estos resultados ratifican los obtenidos por estudios previos, que encontraron que las personas que habían sufrido ambas formas de cibervictimización informaban de niveles más altos de dependencia emocional frente a las que no habían sido cibervictimizadas (Moral y Prieto, 2021; Villora et al., 2019).
Martín y Moral (2019) u Oropeza (2011), ofrecen una posible explicación para estos resultados, ya que consideran que las personas dependientes emocionalmente son capaces de soportar la violencia ejercida hacia ellas con tal de no ser abandonadas por sus parejas debido al profundo miedo que sienten a estar solas. Así, crean relaciones de subordinación donde normalizan la violencia, lo cual hace muy difícil romper dicha relación. Esta idea concuerda con lo encontrado en otros estudios que afirman que, a mayor dependencia emocional dentro de la pareja, mayor tolerancia al abuso (Jouriles et al., 2009; Rusbult y Van Lange, 2003). Al hilo de esto, otra explicación posible para estos resultados puede ser la justificación de la violencia ante la incapacidad de acabar con la relación, dado que eso los llevaría a estar solos/as y la necesidad de perdonar continuamente que sienten las personas dependientes para no verse solas (Martín y Moral, 2019).
En cuanto al ciberacoso perpetrado, se encontró que las personas que ciberagredían y cibercontrolaban a sus parejas mostraban niveles más altos de dependencia emocional en comparación a las que no lo hacían. De nuevo, estas diferencias fueron estadísticamente significativas en todas las subescalas que miden la dependencia emocional. Así, las personas que utilizan la ciberagresión (en sus diversas formas) contra sus parejas puntuaron más alto en todas las subescalas de la dependencia emocional: evitar estar solo, necesidad de exclusividad, necesidad de agradar y relación asimétrica.
Estos resultados corroboran los hallados por otros autores como Borrajo y Gámez (2015) o Moral y Prieto (2021), quienes encontraron que algunos/as universitarios/as llevaban a cabo ciber-agresiones y de control hacia sus parejas debido a la dependencia emocional que sentían hacia ellas. De la misma forma, Schnurr et al. (2013) afirman que las personas dependientes llevarían a cabo agresiones para mantener bajo control a sus parejas.
Una explicación posible para estos resultados puede ser el profundo miedo que sienten las personas dependientes a estar solas, lo cual puede llevarlas a agredir y controlar a sus parejas (Arias, 2018; Henning y Connor, 2011), por lo que pueden llevar a cabo conductas para mantener el contacto continuo (Marshall et al., 2013). Además de esto, tal como indican Stonard et al. (2017), las personas que ejercen este tipo de violencia, probablemente, consideren que es algo normal y resten importancia a este tipo de actos, perpetuando así la violencia.
Asimismo, algunos investigadores explican que, si las víctimas no responden inmediatamente a las llamadas o mensajes de sus agresores/as, la ansiedad en estos/as últimos/as aumenta (Durán et al., 2011; Fox et al., 2014). A su vez, los niveles altos de ansiedad se asocian a una mayor perpetración a través de los medios tecnológicos, tanto en forma de agresión directa como de control (Reed et al., 2015), de manera que las víctimas, se ven obligadas a estar en continuo contacto con sus parejas, lo que hace difícil mantener los límites y la independencia.
Es indudable que el mal uso de las redes sociales y el móvil junto con la inmediatez que ofrecen las tecnologías, está haciendo que este problema social sea cada día más grave. Los resultados encontrados en el presente estudio concuerdan con los obtenidos por Espinar et al. (2015), quienes consideran que a medida que las parejas hacen un uso más frecuente de las redes sociales, los niveles de dependencia emocional aumentan y se perpetúan, siendo muy complicado salir de la relación. En este sentido, el mal uso de las redes sociales y el móvil puede provocar conductas que fomenten la dependencia emocional.
Los resultados obtenidos en relación a la dependencia emocional, tanto en agresores como en víctimas, han sido los esperados y la hipótesis planteada se ha cumplido, por lo que la dependencia emocional puede ser una variable importante a la hora de estudiar la ciberviolencia dentro de la pareja, tanto en forma de agresión como de victimización.
Por otro lado, la autoestima es una variable que puede tener gran relevancia a la hora de estudiar la ciberviolencia en la pareja, ya que la baja autoestima está relacionada con un mayor riesgo de ejercer y sufrir violencia en el noviazgo (Moral et al., 2017; Urbiola et al., 2019; Vázquez et al., 2020). En primer lugar, en lo que se refiere a la cibervictimización, se encontró que las personas que habían sufrido ciberagresiones y cibercontrol mostraban niveles de autoestima más bajos en comparación a las personas que no habían sido cibervictimizadas, en concordancia con estudios previos con población adolescente (Brewer y Kerslake, 2015; Kowalski y Limber, 2013; Hinduja y Patchin, 2010). Estudios previos indican que las personas con bajos niveles de autoestima toleran más fácilmente las agresiones por parte de sus parejas (Hancock et al., 2017; Smith et al., 2018). Asimismo, las ciberagresiones sufridas a través de los medios electrónicos pueden hacer que las víctimas consideren que no son dignas de amor, lo cual puede llevarlas a tener sentimientos de inferioridad (Hancock et al., 2017; Hellevic, 2019; Smith et al., 2018). Además, la falta de valía que sienten, probablemente, les impida romper fácilmente con la relación violenta por miedo a no volver a ser queridas por nadie más. Asimismo, la propia violencia sufrida por las víctimas puede disminuir aún más los niveles de autoestima (Liu et al., 2014; Robinson y Cameron, 2012).
Por otro lado, en relación al ciberacoso perpetrado y su relación con la autoestima, se encontraron diferencias en autoestima entre las personas que habían ejercido ciberagresiones y cibercontrol y las que no, obteniendo las personas perpetradoras puntuaciones más bajas en autoestima. Estos resultados convergen con estudios previos que concluyeron que las personas con baja autoestima probablemente fueran celosas e inseguras en sus relaciones de pareja, lo cual las llevaría a ejercer comportamientos abusivos en forma de control o invasión (Melader y Hughes, 2018; Van Ouytsel et al., 2017).
Los resultados del presente estudio parecen indicar que las personas agresoras se enfrentan a sentimientos de inferioridad y de falta de valía, lo que podría hacerlas creer que no son dignas del amor de sus parejas. Por lo tanto, pueden considerar que sus parejas podrían preferir a otras personas, creando así vínculos más inseguros. Estos vínculos inseguros pueden empujar a ejercer un mayor cibercontrol hacia sus parejas, vigilándolas y controlándolas con más frecuencia. Además, en ocasiones, ese control ejercido hacia las parejas puede hacer que estas se rompan. El fin de la relación, probablemente, conllevará que la autoestima de las personas agresoras disminuya aún más, lo cual puede derivar en que en las siguientes relaciones ejerzan de nuevo ciberviolencia.
Por último, en cuanto a los modelos de regresión obtenidos, estos permiten profundizar en la comprensión de los factores que explican tanto la cibervictimización como la ciberviolencia perpetrada en relaciones entre jóvenes. En primer lugar, el modelo predictor de la cibervictimización muestra que las variables más influyentes son la ciberviolencia ejercida y dos dimensiones de la dependencia emocional: “Evitar estar solo” (ß = .335, p < .001) y “Necesidad de exclusividad” (ß = –.122, p = .001), con un porcentaje de varianza explicada del 29 %. Este resultado sugiere una fuerte conexión entre la victimización y la participación activa en dinámicas de agresión digital dentro de la pareja, lo cual coincide con investigaciones anteriores que identifican relaciones bidireccionales entre la perpetración y la victimización en contextos digitales (Borrajo et al., 2015; Lu et al., 2018).
El hecho de que la evitación de la soledad se asocie positivamente con la cibervictimización apoya la idea de que determinadas necesidades emocionales pueden aumentar la tolerancia o la sumisión frente a comportamientos abusivos en línea, posiblemente debido a un miedo al abandono o una dependencia excesiva de la pareja (Fernández-Fuertes & Fuertes, 2010). Este patrón ha sido previamente documentado en estudios sobre violencia en el noviazgo, donde la dependencia emocional actúa como un factor de vulnerabilidad tanto para ejercer como para sufrir violencia (De la Villa et al., 2020). Por el contrario, la asociación negativa entre la necesidad de exclusividad y la cibervictimización podría indicar que quienes manifiestan mayores niveles de exclusividad perciben menor victimización, quizás por interpretar el control digital como una prueba de compromiso, lo que encajaría con el fenómeno de “romanticización” del control (Muñiz-Rivas et al., 2021).
En lo que respecta al modelo predictor de la ciberviolencia perpetrada, los resultados evidencian que las principales variables explicativas son la cibervictimización y, nuevamente, la “Necesidad de exclusividad”, explicando un 26 % de la varianza. La presencia de la victimización como predictor clave de la perpetración refuerza el carácter bidireccional de estas dinámicas, lo que ya ha sido señalado por autores como Zweig et al. (2014) y Temple et al. (2016), quienes sostienen que muchas relaciones adolescentes se caracterizan por una violencia mutua, más que unidireccional.
La influencia de la necesidad de exclusividad en la violencia ejercida permite inferir que ciertas formas de dependencia emocional podrían legitimar conductas agresivas en el ámbito digital, particularmente aquellas relacionadas con la vigilancia o el control del otro. Esto resulta coherente con lo observado por Rodríguez-Castro et al. (2023), quienes encontraron que la idealización de relaciones basadas en la exclusividad y el control puede normalizar comportamientos abusivos entre adolescentes y jóvenes.
En ambos modelos, variables sociodemográficas como el sexo y la edad no resultaron significativas, lo que sugiere que los procesos de ciberviolencia y cibervictimización se explican más por factores psicológicos y relacionales que por características demográficas. Esto plantea la necesidad de abordar la prevención de la ciberviolencia desde una perspectiva centrada en las dinámicas afectivas y emocionales propias de las relaciones juveniles, más allá de los estereotipos de género o edad.
En conjunto, estos hallazgos subrayan la importancia de considerar la dependencia emocional como una variable clave tanto en la comprensión como en la intervención de la violencia digital en parejas jóvenes. La identificación de patrones de reciprocidad entre víctimas y agresores apunta a la urgencia de implementar programas educativos que fomenten relaciones afectivas saludables, la gestión emocional y el desarrollo de competencias digitales críticas que permitan identificar, cuestionar y rechazar prácticas abusivas normalizadas.
En definitiva, los resultados del presente estudio permiten comprender con mayor profundidad la compleja red de factores emocionales implicados en la ciberviolencia entre jóvenes universitarios. La asociación entre dependencia emocional, baja autoestima y la doble condición de víctima y agresor/a pone de relieve la bidireccionalidad de muchas dinámicas violentas en el ámbito digital. Lejos de tratarse de actos aislados o unidireccionales, la ciberviolencia aparece como un fenómeno relacional, alimentado por carencias afectivas, miedos personales y una normalización del control que se disfraza de interés romántico.
Estos hallazgos refuerzan la necesidad urgente de desarrollar intervenciones educativas con perspectiva emocional y de género que ayuden a deconstruir los mitos del amor romántico, a fomentar vínculos afectivos igualitarios y a formar en el uso ético y crítico de las tecnologías. Solo desde un enfoque preventivo, integral y sensible a las realidades juveniles será posible combatir la perpetuación de la violencia en sus formas más sutiles y digitalizadas.
CONCLUSIONES
A la luz de los resultados, este estudio muestra datos interesantes y valiosos que permiten comprender mejor la relación entre la ciberviolencia y variables emocionales como la autoestima y la dependencia emocional. Cabe destacar que para analizar la ciberviolencia, esta se ha desgranado en dos subescalas: ciberagresión y cibercontrol, las cuales también se han analizado por separado, es decir, en forma de agresión y en forma de victimización. Ello nos permite llegar a una mejor comprensión de este tipo de violencia entre las personas jóvenes y adolescentes. En relación a la dependencia emocional, esta podría ser un factor de riesgo a la hora de sufrir y ejercer ciberviolencia o incluso consecuencia de la misma, por lo que sería interesante desarrollar proyectos e intervenciones a través de los cuales las parejas jóvenes puedan identificar y trabajar la dependencia emocional que puedan estar sintiendo respecto a sus parejas y las consecuencias de sufrir dicha dependencia. En definitiva, se hace necesaria una mayor concienciación en torno a esta problemática tan común en las parejas y que parece aumentar con el uso de los medios tecnológicos.
Por otro lado, en relación a la autoestima y observando los resultados obtenidos en la presente investigación, parece necesario tener en cuenta esta variable a la hora de estudiar la ciberviolencia, ya que parece un factor relacionado tanto a la hora de ejercerla como de sufrirla. La presente investigación resulta novedosa en este punto, porque la gran mayoría de estudios previos no han analizado los niveles de autoestima separando la ciberviolencia en cuatro subescalas, sino de forma más general, teniendo en cuenta únicamente la perpetración y la victimización. Así, esta investigación aporta datos novedosos e información más detallada sobre la autoestima de los/as agresores/as y de las víctimas, según el tipo de violencia que ejercen o sufren.
Asimismo, resulta interesante resaltar que este estudio está realizado con muestra española y la mayoría de las investigaciones realizadas hasta hora que relacionan la ciberviolencia con la dependencia emocional y la autoestima se han realizado con muestra de otros países. De esta manera, se hace necesaria una amplia investigación con muestra española para poder compararla con muestra internacional.
En cuanto a las limitaciones de la presente investigación destacar que este es un estudio transversal por lo que no permite obtener relaciones causales entre las variables. Por otro lado, el hecho de obtener la información a través de cuestionarios de autoinforme puede hacer que la deseabilidad social influya en los resultados por lo que en los próximos estudios debería contemplarse la posibilidad de completar esta información mediante otros instrumentos. A pesar de estas limitaciones, el estudio presenta datos novedosos y relevantes con relación a la dependencia emocional y la autoestima, dos variables que deben tenerse en cuenta en el estudio de la ciberviolencia. Además, este estudio, por su forma de analizar la ciberviolencia ofrece una visión más clara de ella.
Agradecimientos
Gracias a todos los centros y personas que han participado en este estudio.
Conflicto de intereses
Los autores de este artículo declaran que no tienen ningún conflicto de intereses.
Financiación
Este trabajo fue apoyado por el Departamento de Educación del Gobierno Vasco.
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